Animalitos de Dios


Animalitos de Dios

Edita >
MONDADORI
Colección >
Narrativa
ISBN >
84-397-0479-8

 


 

Críticas


 

 

Ignacio Martínez de Pisón Sergi Pámies
Clarín La Nación

 

 

 

Alucinaciones 

Entre los muchos rasgos que caracterizan la literatura de Lázaro Covadlo, escritor argentino residente en España, está su afición por los personajes extravagantes, cuando no directamente monstruosos. Extravagantes o monstruosos eran los protagonistas de los mejores cuentos de Agujeros negros (1997), extravagantes o monstruosos también los de las mejores páginas de sus novelas posteriores: Remington Rand, una infancia extraordinaria (1997), Conversación con el monstruo (1999), La casa de Patrick Childers (1999). No muy distintas son las criaturas que pueblan los relatos de su última obra, estos Animalitos de Dios que parecen brotar del sueño de la razón, de los rincones más oscuros e insondables del alma humana, verdaderos habitantes de los sueños o las pesadillas sin encaje posible con esta realidad nuestra de cada día.

            Veamos algún ejemplo: un inválido que se entretiene pegando tiros desde su ventana, un hombre que cree que su mujer ha quedado embarazada de un osito de peluche, un pordiosero que descubre el camino de la santidad en el amor a todo tipo de animales, un suicida lacónico y ceremonioso, un historiador obsesionado por dejar constancia escrita, minuto a minuto, de todos sus actos, un médico militar al que se le aparecen los cadáveres de las personas en cuya desaparición colaboró activamente en los años de la dictadura... Prisoneros de sus propias alucinaciones, los personajes de Covadlo hace tiempo que atravesaron el umbral de la locura, y no parece que vayan nunca a regresar de ahí. La locura es, de hecho, el tema central de este volumen de cuentos, y el mayor de sus logros acaso consista en esa forma especialmente equilibrada y sensata de enfrentarse al desequilibrio y la falta de sentido. Acierta Covadlo al observar esa locura desde fuera, estableciendo entre los narradores y sus historias la distancia suficiente para que todo, incluida por supuesto la misma locura, acabe sometido a la más sólida de las lógicas narrativas. Lógica y locura: acaso en la armoniosa y feliz alianza entre ambas resida la clave última de las muchas virtudes que encierra la última entrega literaria de Covadlo.

            Pero he hablado de una forma equilibrada y sensata, y tal definición no alcanza a trasladar una idea cabal de la riqueza de recursos narrativos que el autor acredita en este libro. Hablando de la obra de Covadlo, uno no puede dejar de aludir a dos de los elementos que en mayor medida contribuyen a caracterizar su concepción literaria. Dos elementos, la parodia y el humor, que pueden rastrearse en todos sus libros y que (no podía ser de otro modo) suelen presentarse estrechamente unidos. En cuanto a la parodia, insiste Covadlo en adoptar determinadas convenciones de la tradición narrativa para darles vuelta y desbaratarlas. Si en La casa de Patrick Childers proponía una revisión paródica de la literatura gótica, en varios de los cuentos de Animalitos de Dios hace algo muy parecido con géneros tales como el policiaco, el de terror, el cuento infantil, las narraciones extraídas del folklore o incluso la vida de santos. Gusta el autor de jugar con todas las tradiciones literarias: toma elementos de aquí y allá, los mezcla, los transforma, a menudo los violenta, y el resultado final tiene algo, si no mucho, de broma literaria. En cuanto al humor, parece evidente que este gran burlón literario que es Lázaro Covadlo no puede sino cimentar en él el núcleo central y más consistente de sus particulares construcciones narrativas. Un humor que unas veces se escora hacia lo grotesco (estoy pensando en el episodio de los celos de Florencio Galsgaard, en el relato titulado “Acero inoxidable”) y que, otras, puede acabar resolviéndose en un simple chiste (la historia del perdedor que pierde hasta en un concurso de perdedores, la del peculiar triángulo amoroso formado por un hombre, una mujer y Toti, ¡un osito de peluche!). Un humor en todo caso irreverente y zumbón que irremediablemente se gana la complicidad y la simpatía del lector.

            En feliz contraste con la índole de su prosa, siempre sobria y contenida, las historias de Covadlo tienden a la desmesura y el exceso, lo que hace que algunos de sus cuentos se muevan en el borde mismo del precipicio, con grave riesgo de despeñarse. Pero es ahí, en ese borde del precipicio, donde el escritor, cuando consigue asentar sus pies y mantener el equilibrio, alcanza a dar lo mejor de sí mismo. Es el caso, por ejemplo, del cuento escuetamente titulado “Relato de carretera”, en el que, cumpliendo una especie de maleficio (“haré que vivas tus peores pesadillas”) y obedeciendo a la caprichosa pero implacable lógica de los malos sueños, un viajero pierde un autobús y acaba encontrándose desnudo en mitad de un bar de carretera: el lector tiene en todo momento la sensación de que el cuento está a punto de desmoronarse pero tal cosa no llega a ocurrir, y si eso es así es porque su autor avanza por el límite último del abismo con la destreza y el aplomo de un funámbulo experimentado.

            Libros como éste son de los que afianzan en uno la certeza de que un buen cuentista jamás escribe un mal cuento. Lázaro Covadlo es sin duda un buen cuentista, y eso garantiza que, pese a las naturales e inevitables desigualdades, no haya entre los relatos de Animalitos de Dios ninguno que llegue a defraudarnos. 

Ignacio Martínez de Pisón, ABC Cultural, Madrid. 18 de noviembre de 2000. 

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La crónica

Noticias de Covadlo 

Sergi Pàmies 

Nadie escribe como Lázaro Covadlo. Ténganlo en cuenta cuando se enfrenten a su último libro, una recopilación de relatos titulada  Animalitos de Dios (Mondadori, 160 páginas, 1.500 pesetas), escritos casi todos en los dos últimos años. Encontrarán historias que empiezan, por ejemplo, con frases como ésta: “Le había sacudido un bofetón a su mujer a eso de las tres de la tarde”. Es un comienzo que sugiere vida cotidiana, violencia doméstica, acaso un lío de celos. Pues no. Quizá porque, como dice Ricardo Piglia, un cuento siempre cuenta dos historias, éste habla de los desaparecidos durante la dictadura argentina, reflexiona sobre la barbarie en general a partir de la barbarie en particular, juega con la hipocresía del juramento hipocrático y acaba haciéndole justicia a la hondura de un título inolvidable: Llovían cuerpos desnudos.

            Covadlo vive en Sitges y es argentino, aunque también podría decirse que es judío y coleccionista de máquinas de escribir, y todo sería verdad hasta cierto punto, como que le cuesta hablar de sí mismo y que, antes que responder a las preguntas que le hago, prefiere perderse por los recodos de una conversación en la que caben el humor, la física cuántica, los recuerdos de ácidos lisérgicos, el patriotismo, la memoria, la ficción o una realidad que, según él, “suele confundirse con lo tangible. De mirada nerviosa, Covadlo (Buenos Aires, 1937) pone a prueba la capacidad de escandalizarse de su interlocutor en un juego dialéctico estimulante y confuso. Se deja fotografiar sin poner pegas, conversa con la fotógrafa y, de reojo, no deja de observar ese extraño mar de Sitges, que tiene la rara peculiaridad de estar mucho más tranquilo en otoño que en verano. Confiesa ser un pésimo contador de cuentos y tampoco podría ganarse la vida contando chistes. Y, sin embargo, escribe como nadie. Novelas, cuentos, lo que le echen. Aunque en Animalitos de Dios, tras dos novelas, ha vuelto a lo breve dejándose llevar por una metodología que tiene mucho de intuición. “Escribo por el gusto de la narración, sin esperar forzosamente el momento sorpresa. Si se da, se da. Si no, mala suerte. Mientras estoy en ello, disfruto del cuento. Ocurre como con el sexo. Uno no debería ponerse a follar pensando sólo en alcanzar el orgasmo. Si llega, bienvenido sea. Pero si no llega, también habrás disfrutado”, dice tras pedir su tercer café. Y lo que acaba de decir, de un modo aparentemente desordenado y huyendo del intelectualismo fácil, me recuerda algo que escribió Piglia: “El cuento se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto. Reproduce la busca siempre renovada de una experiencia única que nos permita ver, bajo la superficie opaca de la vida, una verdad secreta”. Y, sin embargo, lo que hace Covadlo no parece tan mental, y sus personajes, indigentes o fantasmas, hijos de osos o cuervos, parecen decidir por ellos mismos. “Me dejo llevar y a veces tiendo al disparate. Con los personajes me comporto un poco como con mis hijos: ellos quieren hacer su vida, así que yo me limito a ser un notario de lo que hacen”, añade.

            Covadlo sonríe. Le ilusiona la aparición de su libro y también que su amigo y vecino Fernando Krahn le haya ilustrado la portada con un dibujo que dice mucho sobre Krahn, pero también sobre la especie humana. “Me identifico plenamente con el humor de Krahn. Me encanta su capacidad de reflexionar sobre el todo a partir de un pequeño detalle”. Cuando intento teorizar sobre su estilo, atraparlo con la camisa de fuerza de las etiquetas, Covadlo se escabulle con una sonrisa que, combinada con la tristeza de su mirada, produce un efecto similar al que, en una entrevista, él definía como de “chiste en un velatorio”. Insiste en no dejarse atrapar por lo teórico y, sin darle importancia, comenta: “Las teorías siempre vienen después de los hechos. Algunos insisten en que un cuento debe ser una máquina perfecta, pero la perfección es un objetivo poco estimulante. Si algo es perfecto, ya no se puede modificar y, por tanto, eso no me interesa porque se trataría de algo terminado, muerto”. Nos despedimos junto a un aparcamiento, él con la sensación de que no ha contestado a ninguna de mis preguntas y yo con la sensación de que mis preguntas eran idiotas y que, por tanto, hizo bien en no contestarlas. Cuando llego a casa, releo El fantasma de Castelldefels y Llovían cuerpos desnudos y empiezo a escribir este artículo a partir de una primera frase que me arrastra hacia las demás: nadie escribe como Covadlo. 

El País, 13 de octubre de 2000           

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